Siéntate: una revisión desenfadada del espacio público a través del banco

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN BCN MÉS | 13 DE JULIO DE 2016

Tú has pensado qué hace tu cuerpo en la calle?”, esta es la primera pregunta que Leónidas Martín, del colectivo de activismo creativo Enmedio, me espeta cuando le pregunto por la salud de la vida en las calles de Barcelona. Él mismo se responde: “Desplazamiento, producción o consumo. No hay otra. Parece ser que hay una lógica que responde a ello: cuanta más movilidad, más producción y más consumo. Cuanto más quieto está un cuerpo, menos producción y menos consumo. Nosotros decimos: ‘Y más disfrute’”.

En el año 2006 se realizó por encargo del Ayuntamiento La U urbana. El libro blanco de las calles de Barcelona, un estudio exhaustivo de las calles y los elementos de la ciudad. Esta investigación esperaba definir una guía práctica de diseño y emplazamiento. Para ello contó con el análisis de técnicos y expertos de diferentes ámbitos, además de recoger la opinión de los ciudadanos. El análisis específico de los bancos públicos permitía saber que en Barcelona existían 28.073 unidades contabilizadas y recomendaba tener especial cuidado con la colocación de grupos o parejas de bancas individuales para evitar generar relaciones anómalas entre los usuarios. Las demandas ciudadanas exigían más unidades, especialmente en determinados lugares, criticaban la colocación de los bancos individuales (demasiado separados, de espaldas o alejados de otros elementos de interés…), se reivindicaban bancos para las personas mayores, para descansar y para relacionarse, pero también como lugares de encuentro de los jóvenes, además de la previsión de que mientras existiera gente viviendo en la calle estos iban a ser usados para dormir.

Diez años más tarde hay voces, como la de Adriana Ciocoletto, del colectivo Punt6, que lleva años estudiando el espacio público y los elementos que lo constituyen desde una perspectiva de género, que consideran que no solamente no se ha puesto solución a estas cuestiones sino que además han desaparecido bancos que promovían el encuentro, el descanso, el comer en la calle, el dar la merienda, las actividades de cuidado en el espacio público…

¿Sufren las calles de Barcelona y, por ende, quienes las habitamos, las consecuencias de una lógica que pone por encima de los intereses y necesidades comunitarios los imperativos de la lógica económica? ¿Afecta esta a los elementos que configuran el espacio común explicando, por ejemplo, la escasez de bancos cómodos o la presencia creciente en los últimos años de sillas individuales? ¿Cuál es la sensibilidad de los barceloneses respecto a estas cuestiones? En opinión de la arquitecta Andrea Robles, del estudio Recooperar, las generaciones más jóvenes hemos sustituido, sin cuestionarlo demasiado, la costumbre de relacionarnos sentándonos en un banco público, que nuestros abuelos aún conservan, por la de ir a consumir a la terraza de un bar. Este cambio ha sido potenciado por la proliferación de las terrazas desde la aplicación de la ley antitabaco que ha hecho de estas, junto con el transporte privado, el principal elemento privatizador del espacio público en la ciudad.

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